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sábado, 20 de abril de 2013

Breve reseña de El paraíso perdido, de John Milton

Ilustración de Gustave Doré para una edición de 1866 de Paradise Lost

Voy a estudiar hoy algo del poema narrativo El paraíso perdido (1667), del escritor británico John Milton, y ustedes, si me lo permiten, están invitados. Hay mucho que aprender y poco espacio para hablar de ello, pero el trabajo es ilusionante. No soy creyente, no soy religioso, y, sin embargo, he disfrutado mucho con esta epopeya religiosa que representa la Génesis de la Biblia de una forma fuertemente armada de elementos fantásticos de enorme atractivo: el Adversario, Satanás, tiene un ejército de cientos de miles de ídolos de frente alargada y mirada siniestra, numerosos son los estandartes que se mueven tras de él. Al principio de los tiempos, no hay infierno para ir metiendo a los réprobos, sino que aquel es un lugar de tinieblas llamado Caos, donde Satán y los suyos cayeron tras ser expulsados del cielo, allí planean vengarse de Dios por aquel castigo. Dios es el creador de todo y es, por tanto, el más poderoso, tal vez algo pagado de sí mismo, egoísta e irascible, pero su hijo, que aún no tiene nombre, es todo amor, él ama a la humanidad a pesar de sus pecados.

Para atrapar a los más reticentes lectores, antes de nada, tengamos una mirada a la arenga de Satán a sus guerreros, que nos recuerda la de los pueblos oprimidos que se levantan contra las fuerzas poderosas que los conquistaron (aunque aquí aquella victoria estuvo bien justificada, las fuerzas del mal nunca lo reconocerán):

Detiénese allí (Satanás), y llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados, que yacen en espeso montón, como las hojas de otoño de que están cubiertos los arroyos de Valleumbrosa (…)
¡Príncipes potentados, guerreros, esplendor del cielo que un día fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Qué tal estupor se haya apoderado de unos espíritus eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después de las fatigas de la batalla para dar reposo a vuestro valor, porque tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? (...)
De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y capitanes adonde se hallaba su supremo jefe. Asemejábanse a los dioses por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes reales; potestades que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo (…)”

Atrapados, pues, continuemos con el estudio. Las letras que eligió Milton para su poema son algo que para los ingleses forma un nuevo lenguaje, no es latín, pero tampoco es inglés tradicional del siglo XVII, es una mezcla. Confiesa el ilustre profesor de literatura inglesa John Sutherland que no podemos comprenderlo del todo sin atender a una adaptación. Tenemos que leer muchas líneas antes de saber de qué se nos está hablando, el orden lógico de las frases está cambiado, no es el lenguaje cotidiano de la época ni tampoco el de Shakespeare; como en el latín, el verbo toma la rutina de ir al final. Veamos un ejemplo del original:

Of Man’s first disobedience, and the fruit
Of that forbidden tree whose mortal taste
Brought death into the World, and all our woe,
With loss of Eden, till one greater Man
Restore us, and regain the blissful seat,
Sings, Heavenly Muse, that, on the secret top
Of Oreb, or of Sinai, didst inspire
That shepherd who first taught the chosen seed
In the beginning how the heavens and earth
Rose out of Chaos, or, if Sion hill
Delight thee more, and Siloa’s brook that flowed
Fast by the oracle of God, I thence
Invoke thy aid to my adventurous song,
That with no middle flight intends to soar
Above th’ Aonian mount, while it pursues
Things unattempted yet in prose or rhyme” (…)

La versión que yo he disfrutado de El paraíso perdido es una traducción española, no puedo yo luchar con el entendimiento de un inglés construido como si fuera latín, cosa que incluso los ingleses encuentran dificultoso, aclaro esto porque si leemos nosotros a Góngora (de un barroco tremendo, que llaman culteranismo, cargado de unos requiebros complejísimos), siempre lo encontraremos más complicado que un inglés al leer una traducción moderna de éste a su idioma.

Pero presentemos a Milton, un hombre sobrecargado de cultura que podía escribir con la misma comodidad en latín como en inglés. Pertenecía a una familia burguesa y fue desheredado por su padre al convertirse al protestantismo. Tuvo tres matrimonios y cuentan que nunca se divorció. Toda su obra está consagrada a la fe y a su educación cristiana. El poeta se había quedado ciego a la edad que planeó su gran obra, la dictó a amanuenses y también algunos amigos suyos le ayudaron (ver nota 1), ¡qué gran virtud la suya, poder escribir de tal forma! (Galdós, nuestro genio, también lo hizo en sus últimos días, tenía para entonces una habilidad esplendorosa para novelar de corrido). Milton padeció terribles dolores de gota en sus últimos años de vida, su muerte ocurrió antes de publicarse la segunda edición de su magna obra, por la que habría recibido un escaso estipendio.

Saltemos ahora allá y acá en este gran poema sin rima y tengamos pruebas de su delicioso sabor: En unas (tercera parte), resumo, confirma Satán ya en la órbita del Sol (a la que entró camuflado en un ángel inferior para hablar con Uriel, que rige la esfera) que Dios ha creado una nueva raza, entonces se lanza en vuelo al lugar indicado; los nuevos seres viven en el Paraíso, que es nuestra Tierra primitiva (recordemos que esto es una fabulosa concepción nuestra, como la misma Génesis de la Biblia, para mí es sólo buena literatura). En aquel espléndido paraje, Eva existe para dar compañía a Adán, es bella y no sólo Adán vive por su amor, también ella es esclava de su belleza; simboliza, pues, a la mujer nuestra, la mujer que se sabe hermosa y disfruta de ese modo (léase como una generalización literaria). Un día, engañada por Satanás, que se le apareció en forma de serpiente, prueba el sabor del árbol de la fruta prohibida. Después, le dice Eva a Adán:

Este árbol no es, como nos habían dicho, peligroso por sus frutos,  ni son éstos origen de males desconocidos; todo lo contrario; producen un divino efecto, abren los ojos a una nueva luz y se convierten en dioses los que los prueban, como he tenido ocasión de verlo” (…)

Le contesta después de otras Adán:

 ¡Oh, hermoso ser, obra más acabada y perfecta de la creación, criatura en quien Dios apuró para deleite de los ojos y el pensamiento cuanto hay de santo y divino, de bueno, de afectuoso y de encantador! ¡Que así te hayas perdido” (…)

Leamos juntos algo del argumento de la octava parte:

Adán hace algunas preguntas sobre los movimientos celestes, a las que contesta el Ángel con palabras dudosas, aconsejándole que procure informarse de cosas más dignas de saberse. Persuádese de ello Adán; pero deseoso de tener a Rafael más tiempo consigo, le refiere todo lo que recuerda su memoria desde que fue creado (…)”

Le habla de su soledad, le hace preguntas también, el hombre quiere saber (apuntemos esto para nuestras vidas). Miremos una respuesta del ángel:

Que sea  el cielo el que se mueve, o la tierra, te importa poco, con tal que tus cálculos sean exactos; lo demás, sabiamente ha hecho el supremo Artífice en encubrirlo tanto al hombre como al ángel, no divulgando secretos  que son para admirarlos más bien que para escudriñarse. A los que les gusta de desvanecerse en conjeturas, deja Dios que se pierdan en fútiles cuestiones sobre la máquina de los cielos, quizá para burlase  de sus vanas sutilezas” (…)

Imagino yo que durante muchos siglos esto fue así, porque el hombre se debatía entre curvas concéntricas, epiciclos, movimientos elípticos luego, y le costaba mucho dar con la trayectoria cierta de planetas como Marte, es bueno conjeturar cuando estudiamos, si nos equivocamos, ya vendrá otro a ocupar su tiempo en corregirnos, es parte de la vida y el trabajo.

Las metáforas y comparaciones de Milton tienen un atractivo especial a la hora de elegir entrar en su novela, veamos cómo define el tamaño del líder del infierno, que es monumental:

 Por su parte, Satanás, alarmado y reuniendo todas sus fuerzas, se eleva grandioso. Indestructible como el pico Teide o el Atlas, inamovible, su estatura alcanza el cielo”.

Sin duda, Milton tenía al pico de Tenerife como de los más altos, si no el más, de nuestro mundo.

Es asombrosa la capacidad de Milton para sobrecogernos con sus descripciones de las situaciones y los personajes que en ellas aparecen. Leamos juntos partes del encuentro de Satán con su hijo, aún no se han reconocido:

 “Al ir a acercársele Satán, levantóse el monstruo de su asiento, avanzó presuroso hacia él, y el infierno retembló con sus pasos (...)
Dirígense ambos combatientes un golpe mortal a la cabeza, contando con que no han de tener que repetirlo sus fatales manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas con artillería del cielo, avanzan dos nubes lóbregas y mugiendo sobre el mar Caspio, y se colocan frente a frente hasta que un soplo de viento les da señal de romper en medio de los aires el cruel combate. Contémplanse los esforzados campeones con ojos tan sombríos, que al fruncir de sus cejas se oscureció el infierno” (...)

Elocuente, prestemos atención al poder de la frase: al fruncir de sus cejas se oscureció el infierno, quién da más.

Los elementos de la obra son muchos, los más destacados: la caída del hombre, que no es otra que la desobediencia de Adán y Eva a la prohibición de Dios (que simboliza probar la manzana, fruto del árbol de la ciencia, toda una prueba de obediencia) y el levantamiento en armas de Satanás, que busca vencer a Dios con sus ejércitos de diablos enfrentados a los ángeles y  luego engañar a sus criaturas, los humanos. Desde luego, creo que las aventuras que narra un libro moderno, como es El señor de los anillos, de Tolkien, que me habían dejado bastante frío tras su lectura por lo poco espléndido de su prosa, y tiene miles de justificados seguidores, son una mínima expresión de lo épico si lo comparamos con las contenidas en esta visión del Paraíso Perdido, los lectores modernos, amigos de la descripción de una contienda bien narrada (no me refiero a un libro de estrategia militar), podrían disfrutar mucho con las de estos ejércitos satánicos enfrentados en distintas batallas con las legiones de ángeles comandadas por Miguel y Gabriel, y, en definitiva, con la lucha entre el bien y el mal que se narra en este poderosísimo poema.

Me gustaría explicar varias concepciones sobre El Paraíso perdido: una es que la Guerra Civil Inglesa (que ocurrió a mediados del s. XVII) afectó en mucho al trabajo de Milton, esto se refleja en la división que ocurre entre los ídolos del cielo; otra es la idea del poeta de querer justificar el modo de obrar de Dios para con los hombres, que no evita ninguna de las desgracias que los asolan; y la última es la apariencia de la obra en su conjunto: una especie de fusión entre la Biblia y la epopeya homérica.

Hay una imagen (curiosa es la memoria) que me queda ya por años de esta novela, es la del coloso, padre del mal, saltando de planeta en planeta en su viaje de las entrañas del averno hasta las cadenas de oro que sostienen al cielo, aquel trayecto me pareció estar hecho, junto con otros muchos parajes de la obra, para ser representados en imágenes cinematográficas, a ver si un día hay suerte y alguien se atreve.

Nota 1: La creencia de que John Milton dictó la obra a su hija no es más que una idealización romántica, en realidad, el autor mantuvo a su hija en la oscuridad intelectual, como haciendo de Dios, le prohibió probar el fruto del árbol de la ciencia, algo que, a mi entender, es totalmente reprochable.

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Nota personal, un tanto en broma. Hay mujeres de mucha y diversa condición. Las hay sabias, como Madame Curie; grandes escritoras, como las hermanas Brontë (muy admiradas por mí); convencidas de su razón (cabezotas), como Margaret Thatcher; en fin, qué puedo decir yo que ustedes no sepan. No busquen misoginia en El paraíso Perdido ni en este artículo, miren en la calle cómo es la mujer joven y hermosa y distingan si no es una Eva en potencia. Sobre el hombre, mejor no comentar, un bruto con pulsiones sexuales a todas horas (aunque no todos, gracias a la vida).

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2 comentarios:

  1. Primero que todo, gracias por el tiempo de haber escrito tan interesante reseña, con explicaciones y alusiones a otros escritores, amplia el campo de lo que se quiere comentar. Pues he leído la obra, una versión extensa de editorial UTEHA, y es como una Teogonía del origen de nuestro mundo. Impresionante la capacidad de narrar hechos bíblicos compaginándolos con temas de mitología; impresionante escatología, que también contribuye a reforzar la creencia en Dios padre. Impresionante como describe el orden en el paraíso, como es la Lex por excelencia, y como es el devenir de la humanidad cuando el arcángel le dice a Adán todo lo que ocurre en el pentateuco. Obra clásica, porque no pierde vigencia.

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  2. Hola Alejandro. Me alegra recibir un comentario de un lector de la obra. Más incluso si es educado y aporta un parecer sobre la misma.
    Gracias por participar.

    ResponderEliminar

Hola. Recuerda que todos podemos tener una opinión distinta. No recurras al insulto en tus comentarios o serán eliminados sin tenerlos en cuenta. Procura explicar tu punto de vista sin caer en la descalificación de los que no piensan como tú. Tenemos un cerebro para discurrir y trabajar con las ideas, somos algo más que puños y dientes. Gracias.

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Edipo Rey, de Sófocles:

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Cantar de Mío Cid:

El gran poema épico de los castellanos tiene muchos estudios a sus espaldas, muchos tratados y ensayos, muchos chavales lo han estudiado en las escuelas.


Divina Comedia, de Dante:

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El paraíso perdido, de John Milton:

Voy a estudiar hoy algo del poema narrativo El paraíso perdido (1667), del escritor británico John Milton, y ustedes, si me lo permiten, están invitados.


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