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sábado, 22 de junio de 2013

El poco embrujo de Shanghai

Portada de la novela El embrujo de Shanghai, de Juan Marsé
Lo que estoy dispuesto a hacer ahora constituye un ejercicio de búsqueda de la verdad, a pesar de que resulte doloroso porque puede herir al novelista o a sus lectores: criticar negativamente una novela; cosa que, en el fondo, me duele hacer.

El punto más llamativo de mi lectura de El embrujo de Shanghai, del escrito Juan Marsé, es que en ningún momento sentí que los personajes estuvieran en Shanghai. Recuerdo, por ejemplo, que en la novela El americano impasible, de Graham Greene, siempre vi el ambiente, los escenarios, los personajes, en ese mundo: estaban respirando el aire de Saigón. Pero en esta, que se anuncia como: “El embrujo de Shanghai es una estremecedora fábula sobre los sueños y las derrotas de niños y adultos, asfixiados todos por el aire gris de un presente desahuciado… Dueño más que nunca de una extraordinaria fuerza evocadora y de un estilo deslumbrante, pero engastado en una prosa transparente y a un tiempo hipnótica, Juan Marsé construye aquí lo que es sin duda una de las obras maestras de las narrativas europeas de finales del siglo XX.”, que contiene dos historias ligadas entre sí, una ocurre en la Barcelona de posguerra y la otra en un Shanghai de cartón piedra, no me he estremecido, luego me han engañado; no he visto la fuerza evocadora ni el estilo deslumbrante, y se me antoja que estas frases solamente valen para un Stendhal o un Graham Greene, por nombrar dos autores de épocas bien distintas. ¿Por qué esa exageración al publicitar una novela? No lo sé. ¿Una de las obras maestras de las narrativas europeas? No lo creo. Explicaré mi porqué de toda esta negatividad: el personaje quijotesco, que es el capitán Blay, no tiene más que un episodio reseñable, que se repite inmisericordiosamente, no ocurre como con el verdadero Quijote, que uno está a la espera de que vuelva a las suyas, que suelte una gracia a Sancho, que Cervantes no se entretenga con otras historias paralelas. Aquí eso no sucede, el viejo capitán sólo tiene una gracia: está obsesionado con que hay un escape de gas y todo va a explotar algún día. Luego, tampoco es ingenioso en el chiste, no tiene chispa, y la poca que tiene la repite hasta hartar. El pequeño que le acompaña, Daniel, es tan bien un engaño, un personaje de mentira, con muy poca atracción para el lector. Su primer amor es una repetición sosa de todos los primeros amores desengañados de la literatura impostora, la que promete mucho y da muy poco.
Juan Marsé escribe bien, domina los adjetivos, describe correctamente los paisajes, pero algo falla, la credibilidad. Julio Verne tampoco estuvo en China y sus descripciones son de enciclopedia, pero cuela. Marsé, por el contrario, se estrella en esta sobrevalorada novela.

Fotograma de la película El embrujo de Shanghai (2002)
La adaptación cinematográfica, El embrujo de Shanghai (2002), de Fernando Trueba (no confundir con aquella encantadora producción de Hollywood: El embrujo de Shanghai, 1941, con una bella Gene Tierney), contiene los mismos defectos, a mi entender, que el original de Marsé. La parte de la historia que ocurre en Oriente no se la cree ni Pepe Pótamo. Lo más destacable en ella son las actuaciones del irrepetible Fernando Fernán Gómez, Eduardo Fernández, que está muy acertado en su personaje, Jorge Sanz, Ariadna Gil, los dos siempre muy profesionales, y los niños Aida Folch y Fernando Tielve, que crean unas interpretaciones de escuela. Lo de Antonio Resines es otro mundo, el hombre lee su guión con una sensibilidad de funcionario impertérrito. Lo curioso es que la cinta tiene momentos lúcidos muy bien rodados, que, si viésemos por separado, nos podrían hacer creer que estamos ante una pieza de buen cine, pero no, en su conjunto, este filme es bastante desigual.
Al final de la historia original, se presume, los personajes encontrarán la realidad tal y cómo es, y dejará de surtir efecto el embrujo este que tanto menta el título, pero esto no funciona, pues desde las primera hora de lectura jamás sentí ese embrujo artificial. Es una obra fallida o yo la he encontrado así. La vehemencia que hay en mi reseña es proporcional al engaño con que se daba publicidad a la novela.

La edición que he leído es la de DEBOLS!LLO. Juan Marsé, 1993. Revisada en 1997 y en 2001. Barcelona, 2004.

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