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jueves, 2 de mayo de 2013

El crítico de cine y la devaluación de su imagen

Cuando nos enfrentamos a la tarea de hacer crítica cinematográfica podemos tomar distintas posturas ante la obra, hacerlo con miradas al guión, a la imagen en general, al lenguaje cinematográfico que usa, a la filosofía que emana de sus mensajes, a la psicología de los personajes que pululan en ella, al uso de la música en la cinta en cuestión que analizamos, a los antecedentes profesionales del equipo que trabajó en su realización, al momento histórico en el que viven sus protagonistas, pero, por favor, no nos tomemos este trabajo a cachondeo, no lo banalicemos, es una tarea seria. Pondré un ejemplo sencillo: no podemos decir que Independence day (1996) es una película mala argumentando que es una fantasmada, no, eso es de  una chabacanería terrible. Además, tal valoración es errónea, la película de Roland Emmerich usa un excelente lenguaje cinematográfico, la presentación de sus personajes roza la perfección (es del estilo de cualquier novela de aventuras, La isla del Tesoro, de Stevenson, o La isla misteriosa, de Verne), sólo ocurre que exagera con la fantasía y que su historia está destinada completamente al entretenimiento y al engrandecimiento de la nación que mejor hace cine para la diversión, pero eso no la convierte directamente en un ejemplo de mal cine. Cuando empecé a leer crítica cinematográfica, allá por la década de los 80, se usaban varios directores como ejemplos de buen cine (con sus características diferenciadas), me gustaría que echáramos una mirada al pasado para aprender algo juntos:


John Ford, especialista en westerns, el rey de los paisajes, que, con pocas imágenes y un escaso diálogo, definía los personajes con gran efectividad; algunas de sus recomendables películas son: La diligencia (1939), Las uvas de la ira (1940), El hombre tranquilo (1952) y Centauros del desierto (1956). Opino que cualquiera que desee realizar una crítica sobre un largometraje atendiendo a la técnica que usa, tiene que visionar y estudiar con detenimiento el citado en primer lugar: La diligencia (1939), la forma en que presenta a los personajes, sabemos de qué pasta están hechos gracias a la maestría de Ford para componer su retrato en un plis-plas. Desgraciadamente, el cine de Ford carece de una esencia filosófica profunda, a menudo los problemas en sus historias se resuelven a puñetazos, y, por otra parte, se le acusa de racismo por mostrar sólo el lado más salvaje de los indios, por ejemplo. A pesar de esto, su estudio es fundamental para entender el lenguaje cinematográfico en uno de sus mejores usos.

Howard Hawks es, puedo afirmarlo con alegría, uno de los mejores directores de cine de la historia. Un deber de todo cinéfilo es ver La fiera de mi niña (Bringing up baby, 1938), la mejor comedia rodada hasta el día de hoy, la madre de todas las comedias del cine. Un absoluto fracaso en taquilla en su época, incomprendida, demasiado moderna para su tiempo, valoradísima luego por críticos y directores como François Truffaut y Jean-Luc Godard. Recordemos que después de ésta a Katharine Hepburn se la consideraba “veneno para la taquilla”. Pero Hawks era pura magia: Sólo los ángeles tienen alas (1939), la mejor película sobre aviadores; Río Rojo (1948), un viaje con vaqueros por el desierto americano, con Montgomery Clift y John Wayne de protagonistas, parecerá que has ido con ellos en noches y días de duro trabajo llevando miles de cabezas de ganado de Texas a Misuri; Río Bravo (1959), obra maestra del western, en la que los personajes se enfrentan a la muerte y, lo que es más duro a veces, a la misma vida. Incluso tras ver una historia cargada de patriotismo y estereotipos, como es Sargento York (1941), sales maravillado del cine (tu saloncito particular) después de contemplar la manera tan bella en que presenta las recompensas que recibe York de la vida, mujer y reconocimiento en tan espléndidos planos que valoras la fábula como el sueño de una aventura que podría haberle ocurrido a alguien, aunque sabes que está basada en hechos reales aquello no deja de ser para ti algo más que un cuento bien narrado.

Alfred Hitchcock era un sádico incorregible, disfrutaba haciendo sufrir al público, le hacía conocer una terrible realidad (le robaba la sorpresa), pero le daba largos minutos de agonía (el tan nombrado suspense) esperando el momento en que ocurriría lo que se sabía habría de ocurrir: un niño en Sabotaje (1936) que lleva por la calle una bomba en unos paquetes con rollos de cintas para el cine; el pequeño no sabe lo de la bomba, el público, ah, desgraciado, lo sabe desde el principio. Hitchcock era un virtuoso del lenguaje cinematográfico, podía hacer parecer que toda una película estaba rodada en una única toma: La soga (1948), pero un deber de todos nosotros es aprender a valorar el diálogo y la imagen que nos presenta un director inteligente: Con la muerte en los talones (1959) o Vértigo (1958) forman parte de ese ejercicio que debemos hacer los amigos de la crítica cinematográfica. Psicosis (1960) es un ritual para el examen más minucioso que podamos realizar: dónde coloca la cámara, cómo realiza el montaje, qué enfatiza más y a qué cosas parece restarle importancia el maestro, cómo nos engaña una y otra vez. ¿Es el dinero lo importante? No lo creo, lo importante es sobrevivir a la vida.

Billy Wilder, ¿cómo explicar a un principiante de hoy en día —que lo ha visto todo en el cine, dentro de las mayores de las libertades—, lo que significaba la maestría de Wilder para hablar de temas tabúes con una fina ironía y un inteligentísimo guión sin que los censores le cortaran lo rodado. Entender hoy El apartamento (1960) es difícil hasta para los amigos entrenados en la valoración de lo oculto, la lucha por burlar a la censura: estamos hablando de un sitio para la seducción, el rincón del hombre que quiere hacer el amor. Con faldas y a lo loco (1959), la juventud de los 60 se partía de risa en las salas de cine con esta historia de músicos que tuvieron que travestirse para escapar de unos gangsters. Un deber de todo amigo de este arte es: El crepúsculo de los dioses (1950), o lo que es lo mismo: el relato de la caída de una diosa del cine, todo lo contrario a una comedia, Wilder tiene para Hollywood una mirada aguda, luego nos devuelve su visión con tonos crudos, al fin y al cabo es humano lo que retrata, las estrellas, al envejecer, no son en realidad dioses.

Otros deberes de todo amigo aprendiz de la crítica cinematográfica son:

Cecil B. DeMille, Sansón y Dalila (1949), un gran espectáculo, de una épica trepidante, para mí es tan recomendable como Los diez mandamientos (1956), para la que nuestros abuelos (los más afortunados) hicieron colas en los cines de nuestros pueblos y ciudades. Aunque sea para saber lo que era un espectáculo para ellos.  

F.W. Murnau, Nosferatu el vampiro (1922), el expresionismo en imágenes en movimiento. El mito del vampiro entraba en nuestras pesadillas por culpa de este maestro de los movimientos de cámara.

Fritz Lang, tal vez en una época fue el mejor director de cine del mundo. No necesita presentación, sus obras hablarán por él: Metropolis (1927), la gran abuela de las obras de ciencia ficción en el cine, una fuente interminable de ideas; M, el vampiro de Dusseldorf (1931), una escuela por sí sola para cualquier estudioso del arte cinematográfico, de su lenguaje.

Luis Buñuel, el más atrevido de todos, el más loco, para él todo estaba permitido. El surrealismo como mirada profunda al ser humano, tal vez muy personal: para cada uno de nosotros sus símbolos tienen distintos significados, esto hace más rico aún su lenguaje. El perro andaluz (1929), espeluznante pesadilla rodada, y, a pesar de ello, digna de cualquier estudio que realicen los más ávidos y sagaces críticos, me abstengo de esto, me sobrepasa. Un deber de los amigos del cine es la lectura de cualquiera de sus títulos: Viridiana (1961), El ángel exterminador (1962) o Tristana (1970), entre otros, son un viaje profundo a la mente de "el otro".

William Wyler, Ben-Hur (1959) o la respuesta a la pregunta ¿por qué es grande el cine? Por su capacidad para hacernos andar junto a Cristo, verle hablar con los suyos, allá en lo lejos, y proseguir nuestro camino, navegar en galeras y luchar en una carrera de cuadrigas contra todo el Imperio Romano. Con él desaparece la cámara, simplemente estamos ahí, nos asomamos desde la cubierta de una embarcación romana a ver remar a los sentenciados de por vida, nos echamos a andar por el monte del Calvario, donde las tres cruces quedan atrás…

Ingmar Bergman, de los que cito aquí es el que pudiera tener una lectura más filosófica, con él nos enfrentamos al hombre que sabe que va a morir, que conoce que su vida tiene un final. El sufrimiento de nuestra especie como individuos con capacidad para sentir y razonar sobre ello queda manifiesto en su obra: El séptimo sello (1957), es la más obligatoria, a mi entender.

Jean-Luc Godard, o el cine libre, sin ataduras, concentrado en las emociones humanas y las pulsiones rápidas que lo manejan todo en cualquier motivo o circunstancia. Su retrato va desde una crítica a la sociedad del ocio en Week end (1967) hasta la transmisión de mensajes políticos como en Pierrot, el loco (1965). El suyo es un cine bello y lleno de sorpresas, algo distinto. Su obra más atractiva para toda clase de públicos es Al final de la escapada (1960), es tan fresca que sientes que nunca tendrás una hierba más tierna que llevarte a la boca, una sana lechuga, amigos.

Antes de escribir una crítica cinematográfica, enfréntate a varias películas que tengan más de 40 años, por favor.

Imágenes que nos hablan de la grandeza del cine:


Fotograma de la película Metrópolis (1927)
  
Fotograma de la película La diligencia (1939)

Fotograma de la película La fiera de mi niña (1938)

Fotograma de la película Al final de la escapada (1960)

Te invito a leer los siguientes artículos de mi cuaderno para saber más de:

La devaluación de la imagen del crítico de cine. Creer que todos podemos hacer de carpinteros o de futbolistas no es bueno, cada uno de nosotros tiene aptitudes diferentes y no todos estamos preparados para —es el caso que juzgo aquí— hacer una crítica de cine. No es lo más difícil del mundo, pero tampoco es coser y cantar; en cualquier modo, sólo animaría a los miles de aficionados que habitan la Red y dejan en ella sus críticas cinematográficas a que leyeran mucho sobre cine, que visionaran muchos largometrajes, cortos, documentales, etc. y que exploraran otras formas de valorar una película que no sean tan subjetivas como decir: "La película es mala porque no me gustó o porque me aburrió". La formación, querámoslo o no, es fundamental a la hora de hacer una reseña sobre cualquier obra de arte. Leer un gran número de libros es necesario para aprender a construir bien el lenguaje que usamos, de otro modo, habremos contribuido a devaluar la imagen del crítico de cine.

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